- Este evento ha pasado.
Reconocer mi pobreza

Clara de Asís, Segunda Carta a Inés de Praga, 18 (ca. 1235–1239).
Reflexión
Reconocer la propia pobreza no es humillarse, es despertar.
Vivimos intentando demostrar que podemos, que sabemos, que controlamos. Nos cuesta aceptar la necesidad. Sin embargo, el Evangelio declara bienaventurados precisamente a los pobres de espíritu: aquellos que no se apoyan en sí mismos, sino en Dios.
La pobreza evangélica no es solo desprendimiento material. Es una actitud interior: no apropiarme de nada, ni siquiera de mis virtudes; no vivir desde la autosuficiencia; no creer que me basto.
Francisco y Clara comprendieron que todo es don. La vida, la fe, la vocación, la fraternidad. Nada nos pertenece. Todo se recibe.
La verdadera conversión comienza cuando dejo de fingir fortaleza y me presento ante Dios tal como soy: limitado, necesitado, incompleto… y amado.
Solo el que se sabe pobre puede recibir el Reino.
Reto del Día
Hoy reconoce ante Dios una fragilidad concreta: una herida, un miedo, un límite. No la justifiques ni la ocultes. Preséntala con sencillez.
Si es posible, evita toda actitud de autosuficiencia y pide ayuda en algo pequeño.
Oración
Señor Dios mío, ante Ti no quiero aparentar.
Tú conoces mis fuerzas y mis grietas, mis logros y mis incoherencias,
lo que muestro y lo que escondo.
Me cuesta reconocer que soy pobre.
Me cuesta aceptar que necesito.
Me cuesta depender.
He construido seguridades para no sentirme frágil.
He buscado apoyos que me hagan sentir suficiente.
Pero mi corazón sigue inquieto.
Hoy quiero presentarme como soy.
Sin méritos.
Sin máscaras.
Sin defensa.
Enséñame la libertad de quien nada posee
porque todo lo espera de Ti.
Arranca de mí la soberbia sutil
que me hace creer que soy el centro.
Dame la alegría del que recibe todo como gracia.
Si soy débil, sé mi fortaleza.
Si soy inconstante, sé mi firmeza.
Si soy pobre, sé mi riqueza.
Que no me aferre a lo que pasa.
Que me aferre solo a ti.
Amén.