
¿Qué tienen en común la multiplicación de los panes y el Perdón de Asís?
Evangelio: Mateo 14, 13-21 “Comieron todos hasta quedar satisfechos”
Queridos hermanos, el Señor nos conceda el don de la paz. En este domingo, los saludamos con la alegría serena de saber que el corazón de Dios siempre permanece abierto para nosotros; que ninguna pobreza es más grande que su misericordia y que siempre existe un camino para volver a Él.
Bienvenidos, una vez más, a este encuentro donde cada domingo dejamos que la Palabra de Dios ilumine nuestra vida y nos conduzca hacia el corazón del Padre.
Hoy la Iglesia celebra el Día del Señor, memorial de la Pascua de Cristo. Y, providencialmente, la Familia Franciscana vive también la entrañable fiesta de Santa María de los Ángeles de la Porciúncula, la pequeña iglesia donde san Francisco descubrió el inmenso amor de Dios y desde donde brotó para toda la Iglesia el precioso don del Perdón de Asís.
No se trata de dos celebraciones que compiten entre sí. Al contrario, se iluminan mutuamente. Porque el Evangelio de hoy nos habla de un Dios que alimenta en abundancia, mientras la Porciúncula nos recuerda a un Dios que perdona con la misma abundancia.
Quizá esa sea la palabra que el Señor quiere regalarnos hoy: abundancia.
No la abundancia que mide el mundo, sino aquella que nace del corazón de Dios.
Escuchemos con atención el santo Evangelio. Hoy nos acompaña en su proclamación fray Willam de Jesús Giraldo, OFMCap.
Reflexión
El Evangelio comienza con una escena profundamente humana.
Jesús acaba de recibir la noticia de la muerte de Juan Bautista. Busca retirarse a un lugar solitario. Necesita silencio. Necesita oración.
Pero la multitud descubre hacia dónde se dirige y corre detrás de Él.
Podríamos imaginar muchas reacciones.
Tal vez cualquiera de nosotros habría pedido un poco de descanso, sin embargo, el Evangelio dice algo que revela el corazón mismo de Dios: “Al ver a la multitud, sintió compasión de ellos.” Todo comienza ahí: antes del pan, antes del milagro, antes incluso de las palabras; todo comienza en la compasión.
Porque Dios nunca empieza mirando nuestras obras.
Empieza mirando nuestras heridas.
La palabra que utiliza el Evangelio para hablar de la compasión de Jesús es una de las más intensas de toda la Escritura. Expresa un amor que se conmueve hasta lo más profundo, un amor que no permanece indiferente ante el sufrimiento del otro.
Cristo no contempla aquella multitud desde la distancia.
- Hace suyo su cansancio.
- Hace suya su hambre.
- Hace suya su necesidad.
Y precisamente por eso el milagro nace del amor.
Hay un detalle que suele pasar desapercibido.
Los discípulos observan exactamente la misma realidad que Jesús.
Ellos también ven la multitud.
Ellos también conocen el problema.
Pero llegan a una conclusión muy distinta.
Dicen: “Despide a la gente.” Jesús responde: “Denles ustedes de comer.”
Los discípulos comienzan haciendo cuentas.
Cinco panes.
Dos peces.
Más de cinco mil personas.
Todo resulta insuficiente.
Jesús, en cambio, no comienza por el cálculo.
Comienza por el Padre.
Mientras el hombre mira lo que falta, Dios mira todo lo que ese mismo hombre puede regalar.
Ésta es una diferencia fundamental para nuestra vida espiritual.
Con demasiada frecuencia nos acercamos al Señor convencidos de que tenemos muy poco para ofrecerle.
Vemos nuestros pecados, nuestros fracasos, nuestras heridas, nuestros cansancios.
Y pensamos que eso nunca podrá bastar.
Sin embargo, Dios nunca ha necesitado abundancia humana para realizar sus obras.
Solo necesita un corazón que se atreva a poner en sus manos lo poco que posee.
Porque la gracia comienza justamente allí donde termina la ilusión de bastarnos a nosotros mismos.
Jesús no crea el pan de la nada.
Pide que le acerquen aquellos cinco panes y los dos peces.
Humanamente son insignificantes.
Pero cuando entran en las manos de Cristo dejan de pertenecer a la lógica de la escasez para entrar en la lógica del Reino.
Y entonces sucede algo extraordinario.
No solamente alcanza para todos.
Sobra.
Doce canastos.
El Evangelio quiere que nos fijemos en ese detalle.
Dios nunca da apenas lo suficiente.
La medida de Dios siempre supera la medida del hombre.
Su amor nunca es mezquino.
Su misericordia nunca es limitada.
Su gracia nunca conoce la escasez.
San Buenaventura contemplaba toda la historia de la salvación como el desbordamiento de la Bondad infinita de Dios. La creación, la Encarnación, la Redención y la santificación brotan de un mismo manantial: una Bondad tan plena que no puede encerrarse en sí misma, sino que continuamente se comunica, se entrega y se difunde. El milagro de los panes es una de las imágenes más bellas de esa Bondad que se derrama sin medida.
Y aquí, hermanos, el Evangelio nos conduce de la mano hasta la pequeña iglesia de la Porciúncula.
Porque san Francisco comprendió esta lógica mejor que nadie.
Comprendió que el mayor milagro que Dios quiere realizar no consiste solamente en multiplicar el pan del cuerpo.
Quiere multiplicar algo mucho más profundo.
Quiere multiplicar su misericordia.
Francisco había experimentado personalmente que el amor de Dios era siempre mayor que su propia pobreza.
Por eso no pidió en la Porciúncula un privilegio para sí.
No pidió honores.
No pidió reconocimiento.
Pidió una gracia para todos.
Que cualquier hombre o mujer que llegara allí con un corazón arrepentido pudiera experimentar la inmensidad del perdón del Padre.
Muchos pudieron pensar que aquella petición era excesiva.
Pero precisamente eso es el Evangelio.
Una misericordia que parece excesiva.
Un amor que parece desproporcionado.
Una gracia que supera todos nuestros cálculos.
La misma lógica que hace posible que cinco panes alimenten a miles de personas es la que hace posible que un solo acto de amor de Cristo baste para redimir a toda la humanidad.
El Perdón de Asís nace de esa certeza.
No celebramos una indulgencia como si fuera un privilegio jurídico.
Celebramos el triunfo de la misericordia sobre el pecado.
Celebramos que Dios nunca se resigna a perder a un solo hijo.
Celebramos que, cuando el hombre regresa con humildad, encuentra siempre una puerta abierta y unos brazos que lo esperan.
Y quizá hoy necesitamos escuchar precisamente eso.
Vivimos en un mundo donde abundan el miedo, la división, el resentimiento y el cansancio espiritual.
Muchos han llegado a pensar que Dios se parece a nosotros: que lleva la cuenta de nuestras faltas y se cansa de perdonar.
Pero el Evangelio de este domingo desmiente para siempre esa imagen.
El Dios de Jesucristo no administra la misericordia con mezquindad.
- La derrama.
- La multiplica.
- La hace sobreabundar.
Como el pan sobre la hierba de Galilea.
Como el perdón ofrecido desde la humilde Porciúncula.
Hay todavía un detalle que merece nuestra atención.
El evangelista nos dice que, después de bendecir el pan, «comieron todos hasta quedar satisfechos».
No dice simplemente que comieron.
Dice que quedaron satisfechos.
Porque cuando Dios alimenta, no calma únicamente una necesidad inmediata. Él sacia el corazón. Hay hambres que ningún pan puede llenar: el hambre de ser amados, de ser perdonados, de comenzar de nuevo, de encontrar un sentido para la vida. Y son precisamente esas hambres las que Cristo ha venido a colmar.
Por eso este Evangelio tiene un profundo sabor eucarístico. Los gestos de Jesús —tomar el pan, elevar los ojos al cielo, pronunciar la bendición, partirlo y entregarlo— anticipan el misterio de la Última Cena. El pan multiplicado anuncia el Pan vivo bajado del cielo. Cristo no solo da pan; termina dándose Él mismo como alimento para que el hombre tenga vida en abundancia.
La espiritualidad franciscana ha contemplado siempre este misterio con inmensa gratitud. San Francisco veía en la Eucaristía la expresión suprema de la humildad de Dios. El Señor del universo no solo quiso hacerse hombre; quiso permanecer entre nosotros bajo la sencillez del pan. Y quien aprendió a reconocer esa humildad divina en el altar pudo descubrir también su presencia en el hermano, en el pobre, en el enfermo, en toda criatura.
No es casual que el corazón del franciscanismo haya nacido en la Porciúncula, una capilla pequeña, casi escondida, dedicada a Santa María de los Ángeles. Dios sigue eligiendo lo pequeño para manifestar su grandeza. Allí Francisco comprendió que la Iglesia debía ser, antes que nada, una casa donde todo hombre pudiera encontrarse con la misericordia de Dios.
Quizá esa sea la enseñanza más urgente para nuestro tiempo.
Vivimos rodeados de personas que cargan pesos invisibles. Muchos llevan años sin confesarse porque creen que Dios ya no puede perdonarlos. Otros se han acostumbrado a convivir con heridas que nunca han entregado al Señor. Algunos piensan que sus errores son demasiado grandes y que ya no hay un camino de regreso.
La Porciúncula responde silenciosamente a todos ellos.
Les dice que siempre existe un camino de vuelta.
Que nunca es tarde para comenzar de nuevo.
Que la misericordia de Dios no disminuye con el paso del tiempo ni se agota por la repetición de nuestras caídas.
El Perdón de Asís no es un recuerdo del siglo XIII. Aunque el Perdón de Asís brotó en la Porciúncula hace más de ocho siglos, su mensaje conserva intacta toda su fuerza: nunca es tarde para volver a Dios, porque su misericordia siempre nos precede y nos espera.
Es una proclamación permanente de que el corazón del Padre continúa abierto.
Y quizá la verdadera multiplicación que Dios quiere realizar hoy no sea la de unos panes, sino la de corazones reconciliados. Porque un hombre reconciliado comienza a reconciliar a su familia. Una familia reconciliada transforma una comunidad. Una comunidad reconciliada puede renovar el mundo.
Al final del milagro quedaron doce canastos llenos. Aquello que parecía insuficiente terminó convirtiéndose en sobreabundancia.
Así obra siempre la gracia: Cuando ponemos nuestra pobreza en las manos de Cristo, Él nunca devuelve únicamente lo que recibió.
Siempre devuelve mucho más.
Una invitación para esta semana
Quisiera proponerles un gesto muy sencillo, pero profundamente transformador.
Si es posible, acerquémonos durante estos días a un templo franciscano o a una iglesia donde pueda ganarse la Indulgencia Plenaria del Perdón de Asís. Preparémonos con una buena confesión, participemos con fe en la Eucaristía, recemos el Credo, el Padrenuestro y oremos por las intenciones del Santo Padre.
Pero no lo hagamos como quien cumple un requisito.
Hagámoslo como quien vuelve a la casa del Padre.
Y si por alguna circunstancia no podemos recibir la indulgencia, hagamos al menos una obra de reconciliación.
Pidamos perdón.
Perdonemos.
Llamemos a esa persona con la que hace tiempo no hablamos.
Porque el mejor homenaje que podemos ofrecer a san Francisco es permitir que la misericordia de Dios encuentre espacio para pasar a través de nosotros.
Oración
Señor Jesús,
hoy hemos contemplado tu corazón compasivo, capaz de conmoverse ante el sufrimiento de tu pueblo.
Tú no pasas de largo frente a nuestra pobreza.
Nos miras con amor, nos llamas por nuestro nombre y tomas en tus manos la pequeñez que te ofrecemos para transformarla con la fuerza de tu gracia.
Haz que nunca desconfiemos de tu misericordia.
Cuando el peso de nuestras faltas nos haga sentir indignos, recuérdanos que tu amor es siempre más grande que nuestro pecado.
Cuando el cansancio nos haga pensar que ya no podemos comenzar de nuevo, condúcenos hasta la fuente inagotable de tu perdón.
En este día de Santa María de los Ángeles, te damos gracias por el don del Perdón de Asís, signo de que tu Iglesia quiere abrir de par en par las puertas de la reconciliación.
Que, por intercesión de la Virgen María y de nuestro padre san Francisco, aprendamos a vivir reconciliados contigo, con nuestros hermanos y con nosotros mismos.
Haz de nuestra vida un humilde reflejo de tu compasión.
Que donde haya división llevemos fraternidad; donde haya desesperanza sembremos esperanza; donde haya culpa anunciemos la alegría de tu perdón.
Porque solo un corazón reconciliado puede convertirse en pan partido para la vida del mundo.
Amén.


