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Santa Clara y su donación por el Evangelio

Día sexto: Memoria de los beatos Agatángel y Casiano, mártires capuchinos

Evangelio: Mateo 16, 24-28

Hoy la Orden de Hermanos Menores Capuchinos recuerda con gratitud a los beatos Agatángel y Casiano, testigos del Evangelio que sellaron con su sangre la fidelidad al Señor. Al mismo tiempo recorremos el sexto día de nuestro camino hacia la fiesta en honor de santa Clara de Asís. El Evangelio nos presenta una de las invitaciones más exigentes de Jesús: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga». Estas palabras encontraron en santa Clara una respuesta generosa y definitiva. De ella aprendemos que seguir a Cristo no consiste en conservar algo para sí, sino en entregarle toda la existencia.

Oración para todos los días

Señor Jesucristo, Tú llamaste a santa Clara de Asís para seguirte con un corazón indiviso, y la condujiste por el camino de la pobreza, la humildad y el amor perfecto. Al contemplar el resplandor de tu rostro crucificado, ella aprendió que solo tu amor basta y que ninguna riqueza del mundo puede compararse con el tesoro de tu Reino.

Te damos gracias por el testimonio evangélico de esta hermana nuestra, que hizo del silencio un lugar de encuentro contigo; de la oración, el aliento de cada jornada; de la fraternidad, un signo de tu presencia; y de la caridad, el lenguaje sencillo con el que el Evangelio sigue transformando el mundo.

Por intercesión de santa Clara, concédenos un corazón pobre y libre, capaz de reconocerte en la Eucaristía, de servirte en los pequeños y de buscarte con perseverancia en la escucha de tu Palabra. Enséñanos a contemplarte con la misma mirada enamorada con la que ella abrazó tu Pasión y descubrió en la cruz la plenitud del amor.

Haz que, siguiendo las huellas de san Francisco y santa Clara, aprendamos a vivir reconciliados contigo, con nuestros hermanos y con toda la creación; que nuestra vida sea reflejo de tu misericordia y que, sostenidos por la fuerza de tu Espíritu, permanezcamos fieles al Evangelio hasta el final.

Santa Clara de Asís, mujer de fe inquebrantable, hermana de los pobres, guardiana del silencio contemplativo, enamorada de Cristo Eucaristía y espejo de la belleza del Señor, acompáñanos en este camino de preparación a tu fiesta.

Que, siguiendo tu ejemplo, aprendamos a poner siempre a Cristo en el centro de nuestra vida y a caminar con alegría hacia la santidad.

Amén.

Consideración

Jesús nos recuerda hoy que seguirlo es recorrer el camino del amor que se entrega sin reservas. Tomar la cruz no significa buscar el sufrimiento, sino aprender a vivir con la libertad de quien pone a Dios en el centro de su existencia. Quien descubre en Cristo el verdadero tesoro comprende que ninguna renuncia hecha por amor es una pérdida, sino el camino que conduce a la vida plena.

Santa Clara acogió esta invitación con un corazón generoso y fiel. Dejó atrás las seguridades de este mundo para abrazar con alegría el santo Evangelio, convencida de que solo Cristo podía colmar plenamente su vida. Su perseverancia en la pobreza, la fraternidad y la confianza en la providencia fue la expresión de un amor que nunca dejó de renovarse. En este sexto día de nuestro itinerario, pidamos la gracia de seguir al Señor con un corazón libre y disponible, para que, como santa Clara, aprendamos a hacer de toda nuestra vida una ofrenda de amor.

Propósito

Hoy realizaré un acto concreto de renuncia por amor a Cristo y al prójimo, ofreciendo con alegría un sacrificio oculto como expresión de mi deseo de seguir más de cerca el Evangelio.

Oración final

Señor Jesús, que llamaste a tus discípulos a seguirte por el camino de la cruz, concédenos la gracia de entregarnos sin reservas a tu voluntad. Por intercesión de santa Clara de Asís, haz que descubramos la alegría de una vida ofrecida por amor y que permanezcamos fieles al Evangelio hasta el final. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Reflexión

Pocas palabras del Evangelio expresan con tanta claridad el núcleo del discipulado como las que escuchamos hoy. Jesús no promete un camino cómodo ni una existencia libre de sacrificios. Invita a seguirlo por la senda de la cruz, porque solo quien entrega la vida por amor termina encontrándola plenamente.

Estas palabras no son una exaltación del sufrimiento.

Son una invitación al amor llevado hasta sus últimas consecuencias.

La cruz no es buscada por sí misma; aparece inevitablemente cuando alguien decide amar con la misma libertad con que Cristo amó.

Toda la existencia de santa Clara puede comprenderse desde esta lógica evangélica.

La noche en que salió de la casa paterna no estaba huyendo del mundo; estaba respondiendo a una llamada.

No abandonó una riqueza para conquistar otra mayor; dejó todo porque había descubierto a Aquel que vale infinitamente más que todo.

Su entrega fue radical.

No quiso reservar para sí seguridades, privilegios o reconocimientos.

Incluso cuando diversas autoridades eclesiales intentaron suavizar el rigor de su forma de vida, Clara permaneció firme en aquello que consideraba una inspiración del Espíritu: vivir el santo Evangelio en pobreza, fraternidad y confianza absoluta en la providencia.

Esta fidelidad no fue obstinación, fue amor.

Sabía que cuando el discípulo comienza a negociar con el Evangelio termina perdiendo lentamente la alegría de seguir a Cristo.

Por eso defendió hasta el final el Privilegio de la Pobreza, aprobado por el papa Inocencio III y confirmado definitivamente poco antes de su muerte por el papa Inocencio IV.

Renunciar a uno mismo significa precisamente esto: dejar de colocar la propia voluntad en el centro para permitir que Cristo ocupe ese lugar.

El mundo identifica la realización personal con la afirmación de uno mismo.

El Evangelio propone un camino sorprendente: la plenitud se alcanza cuando la vida se convierte en don.

También los beatos Agatángel y Casiano, cuya memoria celebra hoy la Orden de Hermanos Menores Capuchinos, hicieron de su vida un testimonio elocuente de esta verdad. Su martirio fue la culminación de una existencia enteramente entregada al anuncio del Evangelio. Su sangre confirma que ninguna vida ofrecida por Cristo queda estéril.

La palabra «mártir» proviene del griego μάρτυς (mártys), que significa «testigo». Antes de designar a quien derrama su sangre por Cristo, expresa a quien hace de toda su vida un testimonio del Evangelio. El martirio de sangre es la manifestación suprema de ese testimonio, pero no la única. La Iglesia ha reconocido también el testimonio de quienes, sin derramar su sangre, ofrecen cada día su vida por amor a Cristo en la fidelidad silenciosa y perseverante.

Desde esta perspectiva comprendemos mejor la vida de santa Clara. Ella no fue llamada al martirio de sangre, pero sí vivió un verdadero martirio de la fidelidad. Cada día ofreció al Señor su voluntad, sus fuerzas, su salud y sus proyectos personales, renovando con alegría el “sí” de su vocación. Su vida nos recuerda que también existe un testimonio silencioso, el de quienes hacen de cada jornada una ofrenda de amor a Cristo y perseveran fielmente en el camino del Evangelio.

Marynela Florido S. – Comunicaciones OFMCap Colombia

ORDEN DE HERMANOS MENORES CAPUCHINOS

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