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Santa Clara, luz y sal del mundo

Fiesta de Santo Domingo de Guzmán, presbítero

Evangelio: Mateo 5, 13-16

Hoy la Iglesia celebra con la fiesta de santo Domingo de Guzmán, infatigable anunciador del Evangelio, cuyo amor por la verdad y la predicación sigue enriqueciendo a toda la Iglesia. Al mismo tiempo hemos llegado al séptimo día de nuestro caminar con Clara de Asís, a la luz del Evangelio que hoy nos recuerda que quienes siguen a Cristo están llamados a ser sal de la tierra y luz del mundo. También santa Clara, desde la sencillez de la clausura, se convirtió en una lámpara que continúa iluminando a la Iglesia con la claridad de una vida totalmente entregada al Señor.

Que la celebración de la fiesta de hoy renueve en nosotros el deseo de transparentar la presencia de Cristo en la cotidianidad de nuestra vida.

Oración para todos los días

Señor Jesucristo, Tú llamaste a santa Clara de Asís para seguirte con un corazón indiviso, y la condujiste por el camino de la pobreza, la humildad y el amor perfecto. Al contemplar el resplandor de tu rostro crucificado, ella aprendió que solo tu amor basta y que ninguna riqueza del mundo puede compararse con el tesoro de tu Reino.

Te damos gracias por el testimonio evangélico de esta hermana nuestra, que hizo del silencio un lugar de encuentro contigo; de la oración, el aliento de cada jornada; de la fraternidad, un signo de tu presencia; y de la caridad, el lenguaje sencillo con el que el Evangelio sigue transformando el mundo.

Por intercesión de santa Clara, concédenos un corazón pobre y libre, capaz de reconocerte en la Eucaristía, de servirte en los pequeños y de buscarte con perseverancia en la escucha de tu Palabra. Enséñanos a contemplarte con la misma mirada enamorada con la que ella abrazó tu Pasión y descubrió en la cruz la plenitud del amor.

Haz que, siguiendo las huellas de san Francisco y santa Clara, aprendamos a vivir reconciliados contigo, con nuestros hermanos y con toda la creación; que nuestra vida sea reflejo de tu misericordia y que, sostenidos por la fuerza de tu Espíritu, permanezcamos fieles al Evangelio hasta el final.

Santa Clara de Asís, mujer de fe inquebrantable, hermana de los pobres, guardiana del silencio contemplativo, enamorada de Cristo Eucaristía y espejo de la belleza del Señor, acompáñanos en este camino de preparación a tu fiesta.

Que, siguiendo tu ejemplo, aprendamos a poner siempre a Cristo en el centro de nuestra vida y a caminar con alegría hacia la santidad.

Amén.

Consideración

Jesús nos dice hoy que somos la sal de la tierra y la luz del mundo. La luz no nace de nosotros; es Cristo quien ilumina nuestra vida para que otros puedan descubrir en ella el rostro del Padre. Del mismo modo, la sal cumple su misión sin buscar protagonismo, dando sabor y preservando aquello que toca. Así también el discípulo está llamado a vivir con humildad, haciendo presente el Evangelio allí donde el Señor lo ha puesto.

Santa Clara hizo de su vida un reflejo de esta enseñanza del Señor. Permaneciendo día tras día en la presencia de Cristo, llegó a transparentar su luz en el mundo. Desde el silencio de San Damián, su vida se convirtió en un testimonio de esperanza, paz y alegría para la Iglesia. Nunca buscó ser el centro; quiso que toda su existencia condujera a Cristo. En este séptimo día de nuestro itinerario, pidamos la gracia de ser luz que ilumina y sal que da sabor al mundo, para que, con nuestras palabras y obras, muchos puedan reconocer la presencia amorosa del Señor.

Propósito

Hoy procuraré realizar un gesto concreto de caridad o de servicio silencioso, sin buscar reconocimiento, para que otros puedan descubrir, a través de él, la presencia de Cristo.

Oración final

Señor Jesús, luz verdadera que iluminas a todo hombre, haz de nosotros testigos transparentes de tu Evangelio. Que, por intercesión de santa Clara, aprendamos a ser sal que preserve el bien y luz que conduzca a nuestros hermanos hacia ti. Que nuestra vida proclame tu amor más con las obras que con las palabras. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Reflexión

Las palabras de Jesús que escuchamos hoy son, al mismo tiempo, un don y una misión: «Ustedes son la sal de la tierra… Ustedes son la luz del mundo» (Mt 5,13-16). El Señor no dice que debamos esforzarnos por llegar a ser sal o luz, sino que esa es ya la identidad de quienes viven unidos a Él. Sin embargo, añade una condición implícita: la sal no puede perder su sabor y la luz no puede ocultarse. Solo quien permanece en Cristo puede conservar esa identidad y convertirse en signo de su presencia para los demás.

La luz de la que habla el Evangelio no nace de nosotros. Es Cristo mismo, «la luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Jn 1,9). La misión del discípulo consiste en dejar que esa luz atraviese su vida. Por eso la santidad nunca es protagonismo. Los santos no atraen las miradas hacia sí mismos; las orientan hacia el Señor. Son como una vidriera atravesada por el sol: nadie admira el cristal por sí mismo, sino la luz que lo llena y lo hace resplandecer.

Santa Clara hizo de su vida una transparencia del Evangelio. Permaneciendo día tras día en la presencia de Cristo, llegó a reflejar su luz en el mundo. Desde el silencio de San Damián sostuvo espiritualmente a san Francisco, alentó a sus hermanas y abrazó con su oración las necesidades de la Iglesia. Nunca buscó ser admirada; deseó únicamente que Cristo fuera conocido y amado. Su vida confirma que la fecundidad del Evangelio no depende de la visibilidad, sino de la profundidad de la comunión con Dios.

Hoy celebramos también la fiesta de santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores. Resulta providencial que su memoria coincida con este Evangelio. Toda su vida fue una búsqueda apasionada de Cristo, la Verdad encarnada, para anunciarlo al mundo. La tradición dominicana resume admirablemente este camino con la expresión de santo Tomás de Aquino: Contemplari et contemplata aliis tradere, «contemplar y transmitir a los demás el fruto de la contemplación». No se trata simplemente de enseñar una doctrina, sino de dejar que la Verdad transforme primero el corazón para después comunicarla con la palabra y con la vida.

Qué hermoso descubrir que, en este punto, los caminos de Francisco, Domingo y Clara convergen. Francisco contempló a Cristo pobre y crucificado hasta configurarse con Él; Domingo contempló la Verdad para anunciarla con ardor apostólico; Clara permaneció largo tiempo ante el Señor hasta reflejar su rostro con la sencillez de toda su existencia. En los tres, la contemplación nunca terminó en sí misma. Siempre se convirtió en misión. En Francisco, la contemplación se hizo vida; en Domingo, predicación; en Clara, transparencia.

Jesús habla también de la sal. La sal desaparece para dar sabor; no llama la atención sobre sí misma, sino que enriquece discretamente aquello con lo que entra en contacto. Así vive el discípulo. No busca ocupar el primer lugar ni conquistar aplausos; procura que quienes lo encuentren descubran algo de Cristo en sus palabras, en sus gestos y en su manera de amar. Santa Clara fue sal precisamente porque supo desaparecer para que solo el Señor ocupara el centro de su vida.

Nuestra sociedad conoce muchas luces que deslumbran por un instante y luego se extinguen. El Evangelio propone otra claridad: la de una existencia humilde, coherente y fiel. Hay personas cuya sola presencia transmite paz; otras despiertan esperanza; otras ayudan a reencontrarse con Dios. No porque busquen destacar, sino porque Cristo habita verdaderamente en ellas.

Preguntémonos hoy, con sinceridad: ¿mi vida conduce a otros hacia Cristo? ¿Mis palabras iluminan? ¿Mis decisiones conservan el sabor del Evangelio? Que santa Clara y santo Domingo intercedan por nosotros para que, permaneciendo siempre en la presencia del Señor, lleguemos a ser una luz humilde que nunca busque brillar por sí misma, sino reflejar la claridad de Aquel que es la Luz del mundo.

Marynela Florido S. – Comunicaciones OFMCap Colombia

ORDEN DE HERMANOS MENORES CAPUCHINOS

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