
Santa Clara, mujer de coraje y valentía
XIX Domingo del Tiempo Ordinario
Evangelio: Mateo 14, 22-33
Con la alegría propia del Día del Señor, nos reunimos para celebrar la Pascua de Cristo, fuente de nuestra esperanza y fundamento de nuestra fe.
Al llegar al octavo día de la preparación a la fiesta de santa Clara de Asís, el Evangelio nos presenta nuevamente a Jesús caminando sobre las aguas y sosteniendo la fe de Pedro en medio de la tormenta. Esta Palabra ilumina la vida de santa Clara, cuya valentía no nació de sus propias fuerzas, sino de la confianza absoluta en la presencia del Señor.
Oración para todos los días
Señor Jesucristo, Tú llamaste a santa Clara de Asís para seguirte con un corazón indiviso, y la condujiste por el camino de la pobreza, la humildad y el amor perfecto. Al contemplar el resplandor de tu rostro crucificado, ella aprendió que solo tu amor basta y que ninguna riqueza del mundo puede compararse con el tesoro de tu Reino.
Te damos gracias por el testimonio evangélico de esta hermana nuestra, que hizo del silencio un lugar de encuentro contigo; de la oración, el aliento de cada jornada; de la fraternidad, un signo de tu presencia; y de la caridad, el lenguaje sencillo con el que el Evangelio sigue transformando el mundo.
Por intercesión de santa Clara, concédenos un corazón pobre y libre, capaz de reconocerte en la Eucaristía, de servirte en los pequeños y de buscarte con perseverancia en la escucha de tu Palabra. Enséñanos a contemplarte con la misma mirada enamorada con la que ella abrazó tu Pasión y descubrió en la cruz la plenitud del amor.
Haz que, siguiendo las huellas de san Francisco y santa Clara, aprendamos a vivir reconciliados contigo, con nuestros hermanos y con toda la creación; que nuestra vida sea reflejo de tu misericordia y que, sostenidos por la fuerza de tu Espíritu, permanezcamos fieles al Evangelio hasta el final.
Santa Clara de Asís, mujer de fe inquebrantable, hermana de los pobres, guardiana del silencio contemplativo, enamorada de Cristo Eucaristía y espejo de la belleza del Señor, acompáñanos en este camino de preparación a tu fiesta.
Que, siguiendo tu ejemplo, aprendamos a poner siempre a Cristo en el centro de nuestra vida y a caminar con alegría hacia la santidad.
Amén.
Consideración
En medio de la tempestad, Jesús dirige a sus discípulos unas palabras que siguen sosteniendo la esperanza de la Iglesia: «¡Ánimo! Soy yo. No tengan miedo». El Señor no siempre hace desaparecer de inmediato las dificultades, pero nunca deja solos a quienes confían en Él. Mientras Pedro mantiene fija la mirada en Jesús, puede caminar sobre las aguas; cuando el miedo ocupa el lugar de la fe, comienza a hundirse. También nosotros descubrimos que el verdadero coraje no consiste en vivir sin temores, sino en mantener la mirada puesta en Cristo en medio de las pruebas.
Santa Clara vivió esa confianza de manera admirable. La tradición franciscana la recuerda sosteniendo el Santísimo Sacramento ante el peligro que amenazaba a la comunidad de San Damián, poniendo toda su esperanza en la presencia viva del Señor. Su valentía no nacía de sus propias fuerzas, sino de una fe profundamente arraigada en Cristo. En este octavo día de nuestro itinerario, pidamos la gracia de afrontar nuestras propias tempestades con esa misma confianza, seguros de que quien permanece junto al Señor encontrará siempre en Él la paz, la fortaleza y la esperanza.
Propósito
Hoy enfrentaré con espíritu de fe una situación que normalmente me produce temor, repitiendo varias veces durante el día: Señor Jesús, en ti confío; no permitas que aparte de ti mi mirada.
Oración final
Señor Jesús, presencia fiel en medio de nuestras tormentas, fortalece nuestra confianza cuando el miedo quiera paralizarnos. Por intercesión de santa Clara de Asís, danos un corazón valiente, firme en la esperanza y siempre dispuesto a caminar hacia ti. Que nunca dudemos de tu cercanía y que permanezcamos fieles a tu Evangelio hasta el final. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
Reflexión
El miedo es una de las experiencias más universales del ser humano. Nadie está completamente libre de él. El Evangelio de hoy nos presenta a unos discípulos sacudidos por el viento y las olas, convencidos de que la noche terminará imponiéndose sobre ellos. Sin embargo, en medio de la oscuridad resuena la voz de Jesús: «¡Ánimo! Soy yo. No tengan miedo.»
Es significativo que el Señor no haga desaparecer inmediatamente la tormenta. Primero se hace presente. Solo después devuelve la calma. El verdadero milagro comienza cuando los discípulos descubren que no están solos.
Pedro desea caminar hacia Jesús; da unos pasos. Mientras mantiene fija la mirada en el Señor, vence lo imposible; pero cuando deja que el viento ocupe el centro de su atención, comienza a hundirse.
¿Cuántas veces ocurre exactamente lo mismo en nuestra vida?
No son las dificultades las que destruyen la fe; es el miedo cuando ocupa el lugar que corresponde a Cristo.
Santa Clara conoció muy bien esa experiencia: Las Fuentes Franciscanas recuerdan uno de los episodios más conocidos de su vida. Cuando las tropas sarracenas amenazaban el monasterio de San Damián, las hermanas sintieron temor. Clara, gravemente enferma, pidió que llevaran ante ella el Santísimo Sacramento. Lo sostuvo con profunda fe y suplicó al Señor que protegiera a aquella pequeña comunidad. La tradición franciscana conserva este acontecimiento como expresión de una confianza absoluta en el poder de Cristo presente en la Eucaristía.
Más allá de los detalles históricos, el episodio revela una verdad profundamente evangélica: el coraje de Clara no provenía de un temperamento fuerte; nacía de su certeza de que Cristo permanece siempre con los suyos.
Por eso la valentía cristiana no consiste en ignorar el peligro; consiste en permanecer fiel cuando el peligro aparece.
También nosotros experimentamos tempestades:
- El miedo al futuro.
- La enfermedad.
- La incertidumbre.
- La fragilidad de nuestras familias.
- Las dificultades de la Iglesia.
- Las crisis personales.
Todo ello puede hacernos sentir como Pedro en medio del lago, pero el Evangelio insiste una vez más: Cristo está presente.
Esa certeza cambia completamente la perspectiva. Quien sabe que el Señor camina a su lado puede atravesar incluso las noches más oscuras.
Santa Clara vivió así durante los largos años de enfermedad que marcaron la última etapa de su existencia.
Su cuerpo se debilitaba, pero su espíritu permanecía firme. No ignoraba el sufrimiento, pero había aprendido a descansar completamente en Dios.
Hoy el mundo necesita cristianos valientes; no personas agresivas, no creyentes orgullosos, sino hombres y mujeres capaces de sostener la esperanza cuando otros solo ven motivos para el desaliento.
La valentía evangélica siempre nace de la confianza, nunca del orgullo.
En vísperas de celebrar la fiesta de santa Clara, pidamos al Señor esa fortaleza serena que brota de la fe.
Que aprendamos a escuchar, en medio de nuestras propias tormentas, aquellas palabras que cambiaron el corazón de los discípulos: «Soy yo. No tengan miedo.»
Entonces comprenderemos que el verdadero coraje consiste en seguir caminando hacia Cristo, incluso cuando el viento parezca contrario.
Marynela Florido S. – Comunicaciones OFMCap Colombia


