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Santa Clara: el grano de trigo que dio mucho fruto

Fiesta de san Lorenzo, diácono y mártir

Evangelio: Juan 12, 24-26

Llegamos al noveno y último día de nuestro camino de preparación a la fiesta en honor de santa Clara de Asís en el marco de la celebración de San Lorenzo, diácono y mártir, servidor fiel de Cristo y testigo valiente del Evangelio hasta el derramamiento de su sangre. En él contemplamos la fuerza del amor que se entrega por completo y que encuentra en el servicio el camino hacia la gloria.

Durante estos días hemos recorrido, iluminados por la Palabra de Dios, el camino espiritual de aquella joven de Asís que hizo de Cristo el centro de toda su existencia. Hoy el Evangelio nos presenta la imagen del grano de trigo que cae en tierra y muere para dar mucho fruto. En ella descubrimos el secreto de la fecundidad cristiana y la clave para comprender la vida de santa Clara: quien entrega su vida por amor nunca la pierde; la ofrece para que Dios haga de ella una bendición para muchos.

Oración para todos los días

Señor Jesucristo, Tú llamaste a santa Clara de Asís para seguirte con un corazón indiviso, y la condujiste por el camino de la pobreza, la humildad y el amor perfecto. Al contemplar el resplandor de tu rostro crucificado, ella aprendió que solo tu amor basta y que ninguna riqueza del mundo puede compararse con el tesoro de tu Reino.

Te damos gracias por el testimonio evangélico de esta hermana nuestra, que hizo del silencio un lugar de encuentro contigo; de la oración, el aliento de cada jornada; de la fraternidad, un signo de tu presencia; y de la caridad, el lenguaje sencillo con el que el Evangelio sigue transformando el mundo.

Por intercesión de santa Clara, concédenos un corazón pobre y libre, capaz de reconocerte en la Eucaristía, de servirte en los pequeños y de buscarte con perseverancia en la escucha de tu Palabra. Enséñanos a contemplarte con la misma mirada enamorada con la que ella abrazó tu Pasión y descubrió en la cruz la plenitud del amor.

Haz que, siguiendo las huellas de san Francisco y santa Clara, aprendamos a vivir reconciliados contigo, con nuestros hermanos y con toda la creación; que nuestra vida sea reflejo de tu misericordia y que, sostenidos por la fuerza de tu Espíritu, permanezcamos fieles al Evangelio hasta el final.

Santa Clara de Asís, mujer de fe inquebrantable, hermana de los pobres, guardiana del silencio contemplativo, enamorada de Cristo Eucaristía y espejo de la belleza del Señor, acompáñanos en este camino de preparación a tu fiesta.

Que, siguiendo tu ejemplo, aprendamos a poner siempre a Cristo en el centro de nuestra vida y a caminar con alegría hacia la santidad. Amén.

Consideración

Jesús nos recuerda hoy que el grano de trigo solo da fruto cuando cae en tierra y muere. Así revela el camino de toda vida cristiana: quien aprende a entregarse por amor descubre la verdadera fecundidad. No se trata de perder la vida, sino de ofrecerla con confianza, siguiendo el ejemplo de Cristo, que hizo de su entrega la fuente de nuestra salvación.

Toda la existencia de santa Clara fue un continuo don de sí misma. Desde que respondió a la llamada del Señor, fue dejando en sus manos sus seguridades, sus proyectos y hasta su propia fragilidad, para que Cristo ocupara el centro de su vida. Al concluir este itinerario de preparación a su solemnidad, pidamos la gracia de vivir con esa misma confianza, haciendo de cada día una ofrenda de amor. Que, siguiendo el ejemplo de santa Clara, también nuestra vida sea un humilde grano de trigo que, sembrado en las manos de Dios, dé fruto abundante para el bien de la Iglesia y del mundo.

Propósito

Como culminación de esta novena, renovaré personalmente mi seguimiento de Cristo con un momento de oración ante el Santísimo Sacramento. Le ofreceré aquello que más me cuesta entregar y le pediré, por intercesión de santa Clara, la gracia de vivir cada día con un corazón pobre, libre y disponible para el Evangelio.

Oración final

Señor Jesús, grano de trigo sembrado en la tierra para dar vida al mundo, te damos gracias por el testimonio de santa Clara de Asís, que hizo de toda su existencia una ofrenda agradable a tus ojos. Concédenos la gracia de seguirte con un corazón indiviso, de servirte con alegría en nuestros hermanos y de permanecer fieles al Evangelio hasta el final. Que, fortalecidos por tu Espíritu y sostenidos por la intercesión de santa Clara, aprendamos a morir a nosotros mismos para que nuestra vida dé frutos de santidad, de paz y de amor en la Iglesia y en el mundo. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Reflexión

Hay palabras de Jesús que resumen todo el misterio de la vida cristiana. El Evangelio de hoy nos ofrece una de ellas: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24).

Con esta imagen sencilla, tomada de la naturaleza, el Señor revela la lógica profunda del Reino de Dios. La vida no alcanza su plenitud aferrándose a sí misma, sino entregándose. La fecundidad no nace de conservar, sino de ofrecer. El amor verdadero siempre tiene forma de don.

Ante todo, Jesús habla de sí mismo. Él es el verdadero grano de trigo que, al entregarse en la cruz, hace brotar una cosecha de vida nueva para toda la humanidad. Su muerte no es el final de su misión; es el momento en que el amor alcanza su expresión más alta y hace germinar la vida nueva del Reino.

Pero el Señor añade inmediatamente: «El que quiera servirme, que me siga». Quien ha sido alcanzado por el amor de Cristo está llamado a recorrer el mismo camino. No se trata de buscar el sufrimiento, sino de aprender a amar con la libertad de quien ya no vive para sí mismo.

Esta página del Evangelio ilumina admirablemente el final de la vida de santa Clara.

Cuando contemplamos su existencia, advertimos que fue, de principio a fin, un continuo dejarse sembrar por Dios. La joven noble que abandonó los privilegios de su casa para abrazar la pobreza evangélica comenzó entonces un proceso de desapropiación que nunca terminó. Día tras día fue dejando en manos del Señor sus proyectos, sus seguridades, su salud, sus fuerzas y hasta sus últimos alientos.

La tradición franciscana conserva con emoción las palabras de bendición que dirigió a sus hermanas antes de morir. No aparecen en ellas la tristeza ni el miedo, sino la gratitud. Después de una vida enteramente entregada al Señor, Clara podía mirar el camino recorrido con la paz de quien ha descubierto que Dios nunca abandona a quienes ponen toda su confianza en Él.

Su muerte fue la culminación de una vida ya ofrecida. En realidad, Clara había comenzado a morir a sí misma mucho antes del final de sus días:

  • Murió al deseo de los honores cuando eligió la pobreza.
  • Murió a la búsqueda de seguridades cuando abrazó la providencia.
  • Murió al orgullo cuando aceptó el último lugar.
  • Murió a la voluntad propia para vivir únicamente del Evangelio.
  • Murió lentamente a todo aquello que impedía que Cristo fuera plenamente el centro de su existencia. Y precisamente por eso dio fruto.

El fruto de Clara no puede medirse por grandes obras visibles. No fundó universidades, no escribió extensos tratados, no recorrió ciudades predicando, su fecundidad fue mucho más profunda, engendró una forma de vida evangélica que, ocho siglos después, continúa floreciendo en monasterios de todo el mundo. Su testimonio sigue despertando vocaciones. Sus escritos continúan conduciendo a innumerables personas hacia una relación más íntima con Cristo. Su amor por la pobreza, la contemplación y la fraternidad sigue iluminando a la Iglesia.

Así obra Dios. Lo pequeño, cuando se entrega totalmente, adquiere una fecundidad que supera toda medida humana.

También la liturgia de hoy nos presenta a san Lorenzo. Su martirio manifiesta esa misma lógica del Evangelio. Lo que parecía una derrota se convirtió en victoria. Lo que el mundo interpretó como pérdida fue, en realidad, una siembra de vida nueva para la Iglesia.

La existencia cristiana está llamada a participar de este misterio pascual.

Cada acto de perdón, cada servicio silencioso, cada sacrificio oculto, cada renuncia hecha por amor, cada oración ofrecida con fidelidad; todo ello es un pequeño grano de trigo que Dios hace fecundo en el momento y del modo que Él dispone.

Tal vez esa sea una de las enseñanzas más hermosas que nos deja santa Clara: ella nunca buscó resultados inmediatos. Sembró, confió, esperó, y dejó que fuera Dios quien hiciera crecer la obra.

¡Cuánto necesita nuestro tiempo recuperar esta paciencia del Evangelio! Vivimos con frecuencia obsesionados por la eficacia, los números y el éxito visible. Sin embargo, el Reino de Dios continúa creciendo como la semilla escondida en la tierra: silenciosamente, casi sin que nadie lo advierta.

Al concluir esta novena, no estamos llamados únicamente a admirar a santa Clara; estamos llamados a continuar su camino, pues, ella no quiso fundar un movimiento centrado en su persona, sino que quiso conducir a todos hacia Cristo.

Ese es el mayor homenaje que podemos ofrecerle: vivir el Evangelio con la misma radicalidad, la misma confianza y el mismo amor que transformaron toda su existencia.

Dentro de pocas horas celebraremos su solemnidad. No llegamos a esa fiesta como simples espectadores de una hermosa historia; llegamos como discípulos que desean renovar su respuesta al Señor.

  • Que la contemplación de santa Clara despierte en nosotros un deseo más profundo de seguir a Cristo.
  • Que aprendamos de ella a mirar constantemente el rostro del Crucificado glorioso.
  • Que nunca dejemos de confiar en la providencia del Padre.
  • Que hagamos de la Eucaristía el centro de nuestra vida.
  • Que vivamos la fraternidad con sencillez y alegría.
  • Y que, cuando llegue el momento de entregar definitivamente nuestra existencia, podamos hacerlo con la misma paz de quien ha comprendido que nada se pierde cuando todo se ofrece por amor.

Entonces nuestra vida, como la de santa Clara, será también un humilde grano de trigo que, sembrado en las manos de Dios, dará fruto abundante para su Reino.

Marynela Florido S. – Comunicaciones OFMCap Colombia

ORDEN DE HERMANOS MENORES CAPUCHINOS

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